Mientras me tomaba un café en la esquina del bulevar, vi como una mujer sacaba un espejo y se pintaba la boca. Apurada, manchaba un cigarro de rojo y se regaba el labial por la quijada. En cada parpadeo se caían pedazos de las endurecidas manchas negras que llevaba en las pestañas desde hacía días, noté; enmarcaban una mirada de yeso, moviéndose atenta en todas direcciones, a la espera de lo mismo que el filtro temblante entre sus dedos. Estaba perdido en su cabellera sucia cuando su mirada impactó con la mía, así que la moví lo más lejos posible. A diferencia de ella, escapé salvo del juicio y la especulación, creí. Cuando todo estuvo calmo, prendí un cigarro y volví a acecharla. La mujer ya iba por su tercer cigarro, una taza vacía se enfriaba en la mesa. El giro brusco de su cuello hacia mis espaldas, más allá del café, me alarmó. Su cara de terror la hizo dejar caer el cigarro, y al ponerse de pie tumbó la taza enfriada. Detallé la rebeldía de la tira de su sostén mientras la mujer se alejaba corriendo de la mesa, porque algo horrible a mis espaldas la dejó sin aliento.
Aún sin atreverme a voltear, liberé al humo después de una calada grosera. Me imaginé que la aterró un fantasma, un recuerdo patente y esperado de una mala racha, pero el humo se me metió en el ojo y lo tomé como una señal. No, no era un fantasma, debía ser entonces una de esas epifanías oxidadas que te pegan en la frente. La manifestación de tu ascendencia, de tus antepasados, de cómo se enfrentaron ellos a los calores malvados en los cafés. Otra calada grosera, y me sumergí en mis ancestros. Basil Hallward fue uno, estoy seguro, tal que una parte de mí, agraciado por su propio puño, y que fulminado por su entrega, por su nado veloz y cansado en sotavento. Es con frecuencia que el hombre cree que cuanto más rápido vaya, más lejos está cada vez de su dolor. Un afán por volverse vapor entre todo el humo de los cigarros que se fuma uno después de comer, o en la calle, o en la cama. Una quemada de labio imbécil, por perderme en estupideces sobre una desconocida aterrada de la vida.
La mujer se había perdido de vista, en cualquier caso. Una lagartija me lamió el cuello, me terminé mi café y tiré la colilla al piso. Volteé la cabeza y ahí estaba, a mis espaldas, más allá del café, la causa de todo espanto: la belleza, con su sonrisa de puñal. La miré por un momento, me enamoré mil veces de ella, y puse una mueca de tragedia. Me levanté raído y la silla se derramó a mi carrera. At least it was time spent, pensé.